28 de Febrero de 2025 /
Actualizado hace 29 minutes | ISSN: 2805-6396

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Opinión / Columnista Impreso

¿Cancelar a Emilio Betti?

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Lina María Céspedes-Báez
Profesora titular de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad del Rosario
Doctora en Derecho

Este año lo comencé con la relectura de Adiós a Berlín de Christopher Isherwood, una colección de relatos sobre la vida y personajes que poblaron la estadía del autor en esta ciudad entre 1929 y 1933. Quise revisitar esta obra para ambientar mis reflexiones sobre los peligros que enfrentan hoy en día el Estado de derecho y las ideas liberales a nivel mundial.

Aunque parezca anacrónico, el Berlín de aquella época se asemeja con el momento que vivimos. La existencia que describe Isherwood en aquella urbe alemana es la del fin de una era por el desgaste y las promesas incumplidas del liberalismo decimonónico. Lo más llamativo de su narración es la facilidad con que se mezclan diversión, urgencia por sobrevivir e indiferencia ante el surgimiento de ideas totalitaristas. En el bar, la pensión y el restaurante hombres y mujeres que apoyan al nacionalsocialismo lanzan sus terribles opiniones sin encontrar resistencia. Quienes los rodean parecen no querer antagonizar o tomarse en serio lo que oyen. Quizá estén de acuerdo o, simplemente, no estén prestando atención.

Estas historias de Berlín son para mí la ilustración de cómo ciertas ideas reprobables son tragadas y, de alguna manera, aceptadas como parte de la cotidianidad. Quizá, una de las formas más comunes en las que esto sucede es no estar atento al bagaje ideológico que sostiene ciertas propuestas teóricas. Muchos, si no, todos, hemos participado en mayor o menor medida en esta dinámica. Antes de la era del internet era mucho más fácil caer en esta trampa en la que uno termina convertido en inocente ignorante que replica de manera inconsciente lo reprochable.

Mi caso personal tiene un nombre: Emilio Betti. Esto no quiere decir que no haya enseñado otras grandes figuras del pensamiento sin darles el contexto que merecen para hacer evidentes los prejuicios coloniales, antisemitas o misóginos que han inspirado sus ideas. Cuando hablo de autonomía privada siempre me remito a Kant y por muchos años no hice referencia a su antisemitismo. Al principio, porque no sabía, después, por descuido. Hoy, cuando le dedico más de 15 minutos en una clase, procuro dejar claro este aspecto.

Con Betti la cuestión ha sido distinta. La obra de este jurista italiano ha sido central en mi formación como abogada y profesora de obligaciones. La pasión con que mis catedráticos de romano y obligaciones me dieron a conocer sus teorías en el pregrado forjaron la emoción con que yo replicaría, hasta hace poco, las ideas del italiano al hablar del negocio jurídico y la noción de obligación. Mis lecturas y análisis de sus textos se situaron en un vacío histórico que yo llené con el entusiasmo y respeto con que otros autores y juristas lo citaban.

“Egregio” fue una palabra con que más de una vez lo vi referido. Así lo consideré hasta que me topé durante el doctorado con algunos análisis de la influencia del fascismo en las contribuciones doctrinales de él y otros juristas italianos de la época. Uno de los golpes más fuertes de esta revelación fue ver bajo otro lente su noción de función económico-social del negocio jurídico. Mientras yo la consideré y enseñé por mucho tiempo como un desarrollo ajustado de la teoría del negocio para responder a fines sociales, la lupa del fascismo me mostraba la posible distorsión de esta institución para ponerla al servicio de objetivos estatales totalitarios en los que el “pueblo” anulaba al individuo.

Por mucho tiempo consideré “echar” a Betti de mis clases. Durante algunos semestres no lo nombré, aunque sus obras permanecieron en mis programas. Incluso, alcancé a sentirme traicionada por mis profesores de romano, obligaciones y contratos. Me costaba entender por qué razón ellos no me habían advertido de las simpatías políticas de este señor que había terminado por admirar y leer tanto. En pocas palabras, estaba a punto de cancelarlo. Me debatí por varios años con furia y frustración entre borrarlo y mantenerlo.

En 2022, visité el Nuevo Museo Judío de Frankfurt. Ver grabadas sobre un muro las frases antisemitas lanzadas por personas que la cultura occidental considera como las más grandes en su historia del pensamiento, tales como Kant, Heidegger o Voltaire, me ayudó a salir del predicamento. “Callar” a Kant no es posible en nuestro contexto. Nuestra manera de pensar está demasiado permeada por sus conceptos. Lo mejor es señalar, posicionar, contar la historia completa. Eso implica dejar en claro al momento de enseñar el alcance de las ideas reprochables del autor y la manera en que estas pudieron influir en sus contribuciones teóricas.

Lo mismo sucede con Betti. Su teoría está imbricada inevitablemente en nuestras reflexiones sobre el negocio jurídico. Además, las reinterpretaciones de su noción de función económico social del negocio han mostrado ser útiles. Entonces, la solución no es pretender ignorarlo, sino develar cómo sus concepciones se inspiraron y formaron parte de un régimen totalitario. Ojalá mis profesores me hubieran contado. Puede que no estuvieran al tanto. La cuestión está en no ser un personaje más del Berlín de Isherwood, haciendo que no oye o no sabe. Como yo ya sé, no puedo ignorarlo. Una vez uno sabe ya no es posible no saber.

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